La puerta de Vallumbra читать онлайн

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Издано в 2026 году.

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Аннотация

Альба Серрано рисует карты маленьких мест: школьного двора, дома бабушки, тропинки к реке. Она всегда считала это своей странностью.

В ночь на Хеллоуин на чердаке умершей бабушки Альба находит старые тетради. В них тот же метод, тот же почерк и карта неизвестной долины с подписью: Валлюмбра. На последней странице предупреждение: «Дверь открывается тридцать первого. Я вышла. Выходят не все».

В полночь после двенадцатого удара раздаётся тринадцатый, и Альба переступает порог.

По ту сторону находится восьмисотлетняя школа магии, построенная над швом между мирами. Проход закроется, когда с древнего дуба упадёт последний из сорока одного листа.

А в школьном архиве Альба обнаруживает запись 1969 года: через этот же порог прошла семнадцатилетняя Елена Серрано и ещё один человек, чьё имя намеренно уничтожено. У Альбы осталось пятнадцать дней, чтобы выяснить, что произошло тогда и почему спустя десятилетия дверь открылась именно для неё.

Читайте на испанском, уровень В2+.

Джулс Хониг - La puerta de Vallumbra


LA PUERTA DE VALLUMBRA

Jules Honing

Español B2-C1

Lectura adaptada con vocabulario, gramática y ejercicios

Capítulo 1. La noche de las once campanas

Vocabulario clave

el umbral — порог

una campanada — удар колокола

el campanario — колокольня

una vidriera — витраж

un desván — чердак

polvoriento/a — пыльный

una herencia — наследство

desvencijado/a — расшатанный, ветхий

tantear — ощупывать, нащупывать

un presentimiento — предчувствие

la niebla — туман

crujir — скрипеть, хрустеть

una linterna — фонарик

el musgo — мох

atravesar — пересекать, проходить сквозь

La noche de las once campanas

El treinta y uno de octubre amaneció con niebla en Vega del Olmo, y la niebla no se marchó en todo el día. A las cuatro de la tarde, cuando Alba Serrano salió del instituto, el pueblo entero parecía dibujado a lápiz: los tejados grises, los chopos sin color, la torre de la iglesia flotando sobre una masa blanca que no dejaba ver los cimientos. Los niños ya habían empezado a recorrer las calles disfrazados, con calabazas de plástico y sábanas que se les enredaban en los pies, y sus voces llegaban desde muy lejos, deformadas, como si vinieran de debajo del agua.

Alba tenía diecisiete años y una costumbre que a su padre le parecía rarísima: dibujaba mapas. No mapas de países ni de continentes, sino mapas de sitios pequeños y concretos. El patio del instituto con la grieta exacta donde crecía la hierba. El camino del río marcando dónde se hundía el pie en marzo. La casa de su abuela, habitación por habitación, con las medidas anotadas al margen en una letra minúscula. Tenía tres cuadernos llenos y había empezado el cuarto en septiembre. Cuando alguien le preguntaba para qué servía todo aquello, ella se encogía de hombros y contestaba que para nada, que era una manía, y luego seguía dibujando.

Aquella tarde, sin embargo, no pensaba dibujar. Su padre la esperaba delante de la casa de la abuela Elena con las llaves en la mano y una expresión que Alba conocía de memoria: la de quien lleva meses aplazando algo y ha decidido que ya no puede aplazarlo más.

—Dos horas —dijo Damián—. Miramos qué hay, hacemos tres cajas y nos vamos.

—Papá, esa casa tiene ciento veinte años.

—Por eso he dicho dos horas y no dos días. Si empiezo a mirarlo todo con calma, no salgo de aquí hasta Navidad.

Elena Serrano había muerto en abril, un martes por la mañana, sentada en su butaca y con las gafas puestas. Desde entonces la casa había permanecido cerrada, con las contraventanas echadas y el correo acumulándose en el suelo del recibidor. Alba había pedido varias veces entrar. Su padre siempre encontraba una razón para no ir: el trabajo, la lluvia, la burocracia del notario. Ella había entendido hacía tiempo que aquellas razones eran una sola razón disfrazada de muchas.


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