la mudanza — переезд
el duelo — траур, скорбь
extrañar — скучать (по кому-то)
la niebla — туман
el silencio — тишина
desconfiar — не доверять
el ataúd — гроб
superar (una pérdida) — пережить (потерю)
la caja — коробка
rodeado de — окружённый
el vecindario — район, соседство
acostumbrarse — привыкать
el recuerdo — воспоминание
la carretera — шоссе, дорога
desempacar — распаковывать
el luto — траур
aferrarse — цепляться
El coche avanzaba despacio por una carretera rodeada de árboles tan altos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Sofía Reyes iba sentada en el asiento trasero, con la frente apoyada contra la ventanilla fría, mirando cómo el paisaje se volvía cada vez más verde y cada vez más silencioso. Llevaban tres horas de viaje y, durante casi todo el trayecto, nadie había dicho una palabra.
Su madre, Claudia, conducía con las manos firmes sobre el volante y los ojos cansados fijos en la carretera. En el asiento del copiloto, Lucía, la hermana pequeña de Sofía, dormía con la cabeza apoyada contra la puerta, abrazando un peluche gastado que había pertenecido a su padre. Sofía observaba el pequeño oso de peluche y sentía que algo se le encogía en el pecho cada vez que lo miraba, porque aquel objeto raído era, en cierto modo, uno de los últimos vínculos físicos que les quedaban con él.
Hacía apenas cuatro meses que su padre había muerto. Un accidente de tráfico, una noche de lluvia, una llamada de teléfono que cambió todo. Sofía recordaba cada detalle de aquella noche con una claridad dolorosa: el sonido del teléfono sonando a las once y media, la voz temblorosa de su madre al otro lado de la puerta de su habitación, el trayecto en coche hasta el hospital durante el cual nadie se atrevió a decir en voz alta lo que todos ya intuían.
El funeral había sido un borrón de caras conocidas, flores blancas y palabras de consuelo que no consolaban nada. Sofía recordaba haberse quedado de pie frente al ataúd, incapaz de llorar, incapaz de sentir nada excepto un vacío enorme que no sabía cómo llenar. Las lágrimas llegaron después, semanas más tarde, en los momentos más inesperados: mientras se lavaba los dientes, mientras esperaba el autobús, mientras escuchaba una canción que a él le gustaba.
Desde entonces, la casa donde habían vivido durante quince años se había convertido en un lugar imposible de habitar: cada rincón guardaba un recuerdo, cada silla vacía dolía como una herida abierta. El sillón donde su padre solía leer el periódico los domingos, el garaje donde guardaba sus herramientas, el jardín que él mismo había plantado años atrás; todo en aquella casa gritaba su ausencia con una fuerza que ninguna de las tres sabía cómo soportar.